Oyente si tú me ayudas con tu malicia…

Oyente, si tú me ayudas / con tu malicia y tu risa, / verdades diré en camisa / poco menos que desnudas”, dice una letrilla satírica de Quevedo. Y así, el escritor lanza consejos y amonestaciones a diestro y siniestro, tanto al Rey como al vulgo, “porque a Quevedo le sublevaba prácticamente todo”, subraya el catedrático, y prosigue: “Él tenía su propia manía: quería poner su propio orden en el mundo, y no soportaba los excesos ni las falsedades. Se burla del petulante, del avariento, del tipo que pretende ser muy sabio y luego no sabe nada, del que compra muchos libros pero no lee ninguno, del vanidoso, del gran noble que parece que es alguien pero que no tiene nada…”.

Entre los textos, destacan Vida de corte y capitulaciones matrimoniales –una crítica a la sociedad de la época– y el Libro de todas las cosas y otras muchas más, compuesto por el docto y experimentado en todas las materias, el único maestro malsabidillo. Una parodia del género enciclopédico de moda que propone una serie de tratados disparatados, como el llamado Para saber todas las ciencias y artes mecánicas y liberales en un día.

Y sobre todo, sobresale La hora de todos y la Fortuna con seso, del que este libro ofrece varios fragmentos. “Trata sobre lo que sucede cuando la Fortuna, en vez de dar sus premios y castigos a lo loco, empieza a dar a cada uno lo que le corresponde, y el caos que se produce es peor que el anterior”, señala Arellano. Quevedo, hoy, sería humorista.

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